Pues dos años después, vuelvo. Vuelvo a ese sitio que podéis observar en la foto. Vuelvo a trabajar en el William Miller de Oxford. Llegar vestido de blanco y negro, con zapatos, medio adormilado a las ocho y media de la mañana. Abrir la puerta, entrar en la cocina, encender el horno, calentar los croissants, preparar los cereales, las jarras de leche, las teteras, las cafeteras, las bandejas de embutidos, los zumos, las mesas en perfecto orden y simetría y reir con gesto risueño las bromas de mis compañeras de trabajo, polacas ellas, despierta en mí ese sentimiento de añoranza y morriña por uno de los mejores veranos de mi vida, si no el mejor. El 25 de junio, vuelvo a volar. El 25 de junio vuelvo a la caza de grandes momentos, nuevas amistades y viejas sensaciones.Como ya he dicho, han pasado dos años, pero todavía puedo creer que fue ayer cuando hacía las camas del hotel con Iratxe, la única vasca que formaba parte del staff, todavía puedo ver con total claridad como aspirábamos esas malditas moquetas que cubrían todo el suelo interior de cada uno de los cuartos del hotel (a excepción, menos mal, de los baños). Recogíamos la ropa sucia, las toallas, la comida traída expresamente desde japón por estudiantes nipones que se hospedaban allí durante periodos de dos o tres semanas y les dejábamos las habitaciones como los chorros. He de puntualizar aquí que las que ocupaban los chinos y japonese a penas había que tocarlas. Son pulcros a más no poder.
Volveré, pues, a esa jornada que terminaba cerca de la una de la tarde, con cuatro días laborales y dos libres de manera continua, así hasta finales de septiembre. Tres meses y un día de trabajo ligero, siestas reponedoras como nunca en mi vida me había echado, paseos por los inmensos y frescos parques de las universidades y pintas acodados en la barra de algún pub histórico de la urbe, como aquél, The Turf Tavern, que reza en una de sus paredes algo así como "Here, Bill Clinton smoke his first joint. What he did in his student room is not our bussiness". Y así, además de saliendo por las noches día sí, día también, pasará otra vez ante mis ojos un ciclo más de mi vida. Es un ciclo que ansío con muchas ganas, como pocas cosas he deseado en mi vida que no sea el cuerpo de una mujer o el sentimiento de amor y amistad por mi familia y mis amigos. Ha sido una etapa que me ha marcado tanto que deseo volver a revivirla a sabiendas que ya nada será igual. Y no deseo que sea igual. El simple hecho de rememorar aquellos días ya lejanos me llega, me basta y me sobra. Sobre ese pasado escribiré nuevas líneas y nuevos episodios que sumar a un lugar y a un momento que siempre llevaré grabado a fuego en mi memoria.
Lo dicho, dentro de un par de semanas me marcho y estaré tres meses lejos de todo esto, incluido este blog, que no forma parte del mundo al que voy a regresar una vez más. Por eso quería agregar una muesca más a mi rifle virtual deseándoos lo mejor durante mi ausencia, para despedirme y daros un fuerte abrazo. Y como no, a los pocos y escasos visitantes y colaboradores de este espacio que tanto me ayudan a expresarme de una u otra forma, daros las gracias. Cada comentario y cada palabra son un soplo de vida.
Nos vemos.

A veces la realidad te estalla en la cara mientras lees un libro. Puede ser Thomas Pynchon, Henry Miller o Arturo Pérez-Reverte. Sea de quien sea, siempre vas a encontrarte reflejado en alguna página mohosa y amarillenta de un libro que estaba mal aparcado en tu estantería desde hace más de veinte añazos, lleno de polvo y tristeza. Entonces te paras a reflexionar un momento, dejando a un lado lo que estuvieras leyendo. El marcapáginas no se te puede olvidar. Es más, un post-it te vendría de perlas. Una reseña a lápiz en uno de los márgenes también serviría, pero el papelito de colores chillones es más moderno y visible. El caso es que ahora te encuentras en ese momento, mágico y maravilloso, en el que dices: '¡Esto me ha pasado a mí!, podría haberlo escrito yo sin ningún problema.' Pues a qué esperas.
